
Obtiene la Licenciatura en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid en 1965 y en 1969 el título de Periodismo. Sus primeros pasos en el mundo de la prensa los dio a partir de 1966 en el desaparecido Diario Madrid. Como consecuencia de un editorial que publicó sobre los disturbios universitarios del momento, fue encausado por Tribunal de Orden Público en febrero de 1967.
Tras la desaparición del periódico en 1971, se incorpora a Cambio 16, que lo destina a Bruselas como corresponsal (1972-1974).
Tras colaborar en el lanzamiento de la revista Posible, en 1977 se reincorpora a Cambio 16 y un año más tarde es nombrado Director de Diario 16, cargo que ocupa hasta mayo de 1980.
Pocos meses después se incorpora como columnista al Diario El País , donde continua más de un cuarto de siglo después. En 1982 funda la sección española de la Asociación de Periodistas Europeos y en 1986 es nombrado Director de la Agencia EFE, cargo que desempeña hasta 1990.
También ha sido Director del Diario El Sol y columinista en la Revista Tiempo. En la actualidad, además de su trabajo en El País, escribe para los diarios La Vanguardia y Cinco días, así como la revista El Siglo.
Con la llegada de las televisiones privadas se incorpora a los servicios informativos de Telecinco, y colabora como comentarista para asuntos de actualidad política nacional en el espacio Entre hoy y mañana que dirige Luis Mariñas. A partir de 1992 comienza a presentar el informativo del fin de semana, en sustitución de Felipe Mellizo. Seguiría colaborando en los informativos de la cadena y presentaría los espacios de debate y entrevistas Mesa de redacción (1993) y Hora límite (1995).
En la actualidad es comentarista y analista político en distintos programas tanto de radio como de televisión: Hoy por Hoy y regularmente en Hora 25 de la Cadena Ser, y El Programa de Ana Rosa (desde 2004) de Telecinco y 59 segundos (desde 2004) de TVE.
Libros publicados
Las últimas Cortes del Franquismo (1976).
El Golpe, anatomía y claves del asalto al Congreso (1981).
El Vértigo de la Prensa (1982).
Terrorismo y Sociedad Democrática.
Sobre las leyes de la Física y la información (2009).
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EL SECTOR PÚBLICO Y EL DÉFICIT. LA CRISIS DEL SECTOR PÚBLICO
Para analizar la situación del sector público se debe recordar una obviedad poco conocida por los ciudadanos; éste no comprende únicamente las tres Administraciones si no también Consorcios, Mancomunidades, Institutos, Agencias, Fundaciones, Patronatos, Empresas Públicas, etc..; incluso, empresas mixtas, cajas de ahorro, concesionarias de servicios públicos,..., por su elevada dependencia de la Administración y de los políticos. En la práctica, toda la trama depende de los partidos políticos, cuyo principal objetivo ha derivado en conquistar o mantener el poder con el subobjetivo de procurar la supervivencia de parte de sus afiliados y la sobrevivencia de algunos, con la connivencia de los sindicatos. En efecto, el sector público proporciona la posibilidad de disponer de ingentes recursos económicos y de cientos de miles de puestos de trabajo discrecionales, granero de votos y fuente de poder en las luchas internas de las distintas familias que componen los partidos.
En este escenario, se ha producido un deterioro progresivo de la Administración, eliminando o marginando a los profesionales más preparados y con vocación de servicio, sustituyéndolos paulatinamente por personal “de confianza”, que va impregnando también todo el sector público, y vaciando de contenido y medios las estructuras más productivas.
Simultáneamente, ha crecido de forma desmesurada una Administración paralela a través de miles de “entidades públicas instrumentales”, algunas sin apenas contenido real o con una función de simple intermediación, con una gestión mucho más ineficiente que la que efectuaba la Administración matriz, pero con cientos de miles de puestos de trabajo de dotación discrecional. Paradójicamente, éstas entidades se crean con la coartada de una mayor agilidad en la gestión.
. La explicación hay que buscarla en la mayor facilidad que otorgan las diversas “entidades instrumentales” para copar los puestos directivos con “personal de confianza”, manejar inmensos presupuestos con mayor “flexibilidad” y contratar personal discrecionalmente (aunque en la Administración ésta facilidad es cada día mayor), cerrando así el círculo del entramado. Además, no es desdeñable el importe económico que suponen los consejeros y cargos directivos de éstas entidades y los sobresueldos a funcionarios, frecuentemente afines al poder político.
Esta gigantesca Hydra requiere presupuestos fabulosos para mantener, tanto al ejército de empleados públicos y gastos de funcionamiento, como subvenciones, a veces para las actividades más pintorescas, e inversiones que, ante la ausencia generalizada de planificación, constituyen frecuentemente gastos aunque se imputen a capítulos de inversiones . Todo ello con una productividad, aunque enormemente desigual, baja en porcentaje medio.
Esta estructura se ha demostrado insostenible pues las aportaciones del sector productivo ya no alcanzan para mantener al sector público hipertrofiado. Esta es la verdadera crisis.
Por ello, la bajada de salarios indiscriminada a los funcionarios públicos (que no a todos los empleados del sector público) resulta, además de disparatada e injusta, perfectamente inútil.
La solución no es otra que acometer la reestructuración del sector, recuperando una administración estrictamente profesional, bien dimensionada y dotada y dedicada a lo que son sus competencias originarias, trasladando al sector privado las “entidades instrumentales” y demás inventos, que han conducido al país a la quiebra, para su autodepuración, lo que implicará reformas legislativas con objeto de impedir la cobertura legal que ha permitido las desviaciones.
Que se produzca el cambio es altamente improbable pues deben ser los partidos políticos quienes la impulsen y resulta poco creíble que vayan a inmolarse, salvo que la ciudadanía reaccione, reacción casi imposible pues no existen otras organizaciones capaces de movilizarla y aquellos lo saben.
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