lunes 1 de junio de 2009

Con JOSE MANUEL MONTERO (Subteniente de la armada española)


España, país marino por excelencia, ha descubierto dos continentes y conquistado sus océanos. Desde los tiempos medievales hasta los actuales, desde las pequeñas naves costeras visigodas hasta el actual Grupo Alfa, orgullo de nuestra Armada, los marinos españoles han escrito algunas de las más bellas y arriesgadas páginas de la historia marítima mundial. He aquí mi pequeño homenaje a esos hombres que ayer, hoy y mañana han navegado, navegan y navegarán por los siete mares luciendo el pabellón rojo y gualda (sangre y oro) de nuestra Patria. Precisamente nuestra bandera nace de la necesidad de que nuestras naves ondearan un pabellón fácilmente reconocible, y en el reinado de Carlos III esta bandera fue designada como la bandera oficial de la Armada. Años más tarde pasaría a ser la bandera nacional de España
La historia de la Armada española se remonta a los tiempos visigodos y sobre todo, a los de la Reconquista, la guerra más larga de toda la Historia que tras ocho siglos de combates consiguió desalojar de la Península Ibérica al invasor musulmán. A finales del siglo XV la primera potencia marítima del Mundo era Portugal, el país con el que España comparte la Península Ibérica y que al terminar antes su parte de la Reconquista por ser un país llano, pudo volcarse en la exploración y el comercio marítimo consiguiendo notables éxitos al bordear África y llegar a "las Indias", haciéndose así con el comercio de especias y artículos exóticos. Mientras tanto, la incipiente España, nacida de la unión de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra, combatía por finalizar la Reconquista tras ¡ocho siglos! de lucha para expulsar a los invasores musulmanes que en su Yihad o guerra santa habían saltado a Europa atravesando el estrecho de Gibraltar en el año 711. En esos ochocientos años de guerra nacieron cuatro grandes reinos peninsulares: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal. A finales del siglo XV, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, los Reyes Católicos, unieron sus vidas y a España unificando los reinos de Castilla, Aragón y Navarra. Ya sólo quedaba el reino moro de Granada como último reducto islámico en España y los Reyes Católicos iniciaron una gran campaña que finalizó en 1492 con la rendición de Boabdil, el último rey moro en España.

Y será precisamente en ese año de gloria para España de 1492 cuando un navegante genovés llamado Cristóbal Colón se presente a los Reyes Católicos para pedir una escuadra con la que navegar hacia las Indias... ¡pero por Occidente, en lugar de por Oriente!. La reina Isabel, ya finalizada la Reconquista, se entusiasmó con el proyecto y le dio a Colón los medios que el navegante necesitaba: una nao y dos carabelas con pertrechos, suministros y dotaciones con las que partirá Colón del puerto de Palos para el Doce de Octubre de 1492 descubrir América y abrir Castilla y España al Atlántico.

Hasta entonces había sido el reino de Aragón el que había poseído una importante armada debido a su proyección mediterránea durante la Edad Media. Una proyección que llevó a Aragón a poseer el reino de Nápoles y Sicilia, aproximadamente la mitad sur de lo que es hoy Italia. Enfrascada en la Reconquista, Castilla no tuvo veleidades marineras notables ya que su franja costera era más reducida y daba al Atlántico, un mar mucho menos marinero que el Mediterráneo en aquella época en la que se pensaba que el fin del Mundo "Finis terrae" estaba en Galicia. Así pues, el descubrimiento de América abrió el Mundo a Europa descubriéndonos en toda su plenitud el Océano Atlántico, anteriormente sólo costeado por los vikingos primero y los portugueses después y el gigantesco Océano descubierto por Vasco Núñez de Balboa al que llamó "Pacífico" y en el que caben todos los demás océanos y mares de la Tierra. De la noche a la mañana el recién formado estado de España era dueño de todo un continente e inmediatamente comenzó la construcción de naves de altura con las que se inició la rápida colonización del continente americano. El siglo XVI es el siglo de la talasocracia española, de la hegemonía naval que se une a la hegemonía militar que en tierra consiguieron los Tercios españoles, una reedición moderna de las legiones romanas que pasearon sus banderas por Europa.

El 7 de octubre de 1571 tiene lugar la batalla de Lepanto, una batalla naval que resultó decisiva en la Historia, ya que el triunfo de la coalición cristiana liderada por España bajo el mando de don Juan de Austria, hermano del rey Felipe II de España, frenó el avance turco que amenazaba Italia. Lepanto es una de esas pocas batallas de la Historia en la que hay que hablar de un "antes" y un "después". Después de Lepanto el poderoso imperio turco, conquistador de Constantinopla, quedará frenado en seco: Europa no será musulmana, sino cristiana. Aquella fue una batalla de galeras en la que la suerte la decidió la infantería naval española, la primera infantería de marina de la Historia que reeditó la táctica romana de abordar al enemigo con infantes convirtiendo las batallas navales en batallas terrestres.

En el Atlántico, las grandes flotas de galeones transportaban hombres, armas, víveres y riquezas en grandes convoyes. El galeón es una nave nacida en España y cuyo origen parece venir de la galeaza, una galera de altura. Los galeones no tenían remos, pero conservaron las finas líneas marineras de las galeazas embarcando un fuerte armamento artillero y un cuerpo de infantes de marina que las convertían en naves prácticamente invencibles en combate. La infantería de marina española, la primera que se formó en el mundo, fue la clave de la superioridad táctica de nuestra Armada.

Desde 1.492, fecha del Descubrimiento de América, a 1.898, en que perdimos los últimos restos, el Imperio español se extendió por todo el mundo. Un imperio que abarcaba territorios en los cinco continentes, desde España, el sur de Italia, los Países Bajos, el Franco Condado, el Milanesado, las costas africanas e hindúes, Filipinas y América. Por ello, no es de extrañar que se dijera que "Felipe II gobierna un imperio en el que jamás se pone el Sol". El agrupamiento en convoyes o flotas de mercantes protegidas por galeones se debió a que la reina Isabel I de Inglaterra no sólo se divertía metiendo en su cama a la primera señora que se encontraba, sino también extendiendo patentes de corso a piratas que, financiados por la corona inglesa asaltaban a nuestras naves para saquearlas. Hasta tal punto llegó la desvergonzada piratería inglesa que Felipe II, harto ya de aquella situación infame, proyectó la invasión de Inglaterra construyendo la mayor armada jamás vista hasta entonces. La armada española debía llegar a los puertos holandeses (entonces Holanda era una posesión española) y embarcar allí a los Tercios que habrían de desembarcar en Inglaterra... Pero era una armada, mal mandada, el mal mando provocó graves errores y para apuntillarla sobrevino un gigantesco temporal que la desmanteló casi por completo. Miles de marinos e infantes españoles murieron ahogados en sus naves o linchados en las playas británicas tras conseguir llegar a tierra extenuados. Los ingleses la llamaron irónicamente "la armada invencible". Estuvo a punto de desembarcar en Inglaterra a los Tercios españoles, entonces el mejor ejército del mundo, que hubiera conquistado la isla sin problemas, pero el sueño se fue al fondo del mar, como al fondo se fueron las finanzas. España quedó completamente arruinada por la aventura y sin armada, y los ingleses aprovecharán la ocasión para atizar el fuego en los Países Bajos que se sublevaron contra la Corona Española, un fuego que terminó por reventar la economía hundiendo a todo el país en la quiebra de dineros y de ilusiones.

Los reinados de los llamados "Austrias menores" Felipe III, Felipe IV y Carlos II hasta 1700 certifican el deterioro de la situación española que pierde los Países Bajos. La muerte de Carlos II en 1700 sin descendencia provocará una guerra entre Francia y Austria en la que cada uno intentará imponer a su candidato al trono y en medio de la cual se meterán los piratas ingleses a sacar tajada de la moribunda España. Al final será el francés Felipe V, quien ocupará la Corona española, y por cierto, que será un magnífico rey de España, pero el tratado de Utrecht certificará la pérdida de poder de España en Europa. España perderá todas sus posesiones europeas y encima deberá ceder a los ingleses los territorios españoles de la isla de Menorca y el peñón de Gibraltar. España, casi sin armada, está a merced de estos piratas. Felipe V, como he dicho, un magnífico rey de España, se puso inmediatamente manos a la obra para arreglar lo que sus antecesores habían llevado al caos, iniciando una serie de reformas administrativas, políticas, económicas y militares que redundarán en beneficio de España. Entre ellas, la reconstrucción de la Armada española, llamada la Real Armada, a partir de 1714, paso fundamental para rescatar a Menorca y Gibraltar de manos inglesas. En 1714 La Armada española tiene 14 naves, en 1755 cuenta ya con 42 navíos y 28 fragatas. Una nueva y poderosa Armada que surge del empeño de Felipe V y de sus sucesores y que con Carlos III, el mejor rey de la Historia de España, llegó a ser la tercera del Mundo sólo tras la inglesa y la francesa y consigue en 1744 vencer en solitario a la escuadra inglesa en Tolón, a pesar de haber sido abandonada por nuestros "aliados" franceses. Carlos III, "el mejor alcalde de Madrid", que dejó en mi ciudad natal su ilustrada y bella impronta, reformará el ejército para profesionalizarlo, introduciendo ordenanzas de las que se derivan las actuales y creando unidades de elite. Con estas unidades, los nuevos regimientos, y con el impulso dado a la Armada española, conseguirá recuperar la isla Menorca reconquistándosela a los ingleses en una brillante campaña que devuelve a España al concierto militar europeo de manera brillante y audaz. En 1790 España cuenta ya con 117 naves de guerra de muy buen diseño y construcción y tripulados por expertos marinos perfectamente adiestrados que habían rechazado victoriosamente los asaltos de la marina inglesa a Cartagena, Cádiz, Tenerife, Puerto Rico y Galicia.

Pero toda esa obra ingente se derrumbará durante el infame reinado de su hijo Carlos IV, el rey bobalicón al que el genial pincel de Goya retrató como lo que era: un idiota. Mientras este rey se dedicaba a sus obligaciones cortesanas (agotadoras fiestas), en ese ambiente la Armada española sería derrotada por Inglaterra en la batalla del Cabo San Vicente. Lo que el trabajo, el esfuerzo y el sacrificio de unos había conseguido, la criminal incapacidad de otros destruyó. La reina se encaprichó de un joven y apuesto imbécil llamado Godoy al que convirtió en su "favorito". Como el rey Carlos IV era aún más imbécil y la reina le dominaba, el tal Godoy se convirtió en el tipo que en realidad mandaba en España... y la mandó, ¡pero a la ruina!. Godoy, fascinado por Napoleón, se embarcó en la aventura militar del corso poniendo la Armada española a disposición del francés. Esa Armada que tanto esfuerzo había necesitado para llegar a a ser lo que era, esa Armada que había reconquistado Menorca, que había devuelto la supremacía naval española a nuestras aguas, manteniendo seguras las comunicaciones con América. Esa Armada que era el puntal de la recuperación de Gibraltar era ahora puesta en manos de un "almirante" de agua dulce como Villeneuve, un almirante francés que no iba ni al retrete de su camarote sin pedirle permiso a Napoleón. Y entonces apareció Nelson... De nuevo Nelson. Ahora el mando no era español, sino francés, y ese francés incompetente, ese marino de agua dulce que tenía una escuadra muy superior a la inglesa, se dejó atrapar en una trampa que destruyó para siempre las aspiraciones españolas, tantos esfuerzos y sacrificios hundidos por la incompetencia criminal de un rey bobalicón, una reina estúpida y un "favorito" traidor. En Trafalgar la armada franco-española fue borrada de la superficie del mar. Hundida con ella nuestro sueño de recuperar Gibraltar.

Tras la Guerra de la Independencia en la que España consiguió echar al invasor francés a patadas a costa de un tremendo sacrificio que costó la vida de cientos de miles de patriotas españoles, España no tiene armada, lo que será clave para la independencia de la América española. Los gobiernos que se sucederán, los gobiernos del canalla Fernando VII, el rey sanguinario que aterrorizará España con sus locuras criminales o de su hija Isabel II, más preocupada en sus juergas que en su país, dejan un panorama desolador en cuanto a nuestra armada se refiere. Sin embargo, la luz llega cuando se inicia un programa de nuevas construcciones cuya pieza fundamental es la fragata acorazada NUMANCIA, una de las unidades más poderosas del mundo y que será el primer acorazado que dé la vuelta al Mundo y que entre en combate en la guerra del Pacífico bombardeando El Callao en una estúpida guerra contra nuestros hermanos americanos. Aquella formidable escuadra de naves acorazadas devuelve a la Armada española un papel relevante, de nuevo.

Pero estamos a punto de entrar en una nueva era negra para la historia de nuestra Armada. La falta de previsión hará que los distintos gobiernos se vayan turnando en el poder sin tomar decisiones para renovar las naves que poco a poco van quedando obsoletas. Las teorías de la Jeune Ecole francesa, esas absurdas teorías que preconizaban el uso masivo de los torpederos y cruceros y la "inutilidad" de los acorazados, calan hondo en nuestros políticos porque es una solución barata. Pero lo que España necesita defender es Cuba, Puerto Rico y Filipinas, los únicos restos del imperio y que se encuentran al otro lado del Mundo ¿de qué sirven los torpederos? España encara el final del siglo XIX con un sólo acorazado, el PELAYO, sin ningún crucero acorazado y con varios cruceros "protegidos", ¡algunos de ellos de madera!. Esta increíble falta de previsión, esta irresponsabilidad criminal que deja a las posesiones de España en Ultramar completamente indefensas es la causa de que EEUU se fije en lo fácil que le resultaría hacerse con un imperio robándole a España los restos del suyo. Cosa que hace en 1898. Los cruceros acorazados y acorazados estadounidenses destruirán la pobre Armada española que ni siquiera puede defenderse. Es una matanza en regla. Una auténtica ejecución.

Tras la catástrofe España queda, una vez más sin armada, salvo unas pocas naves. Sucesivos planes navales la reconstruirán con buen planteamiento, como la decisión de construir los tres acorazados tipo Dreadnought de la clase ESPAÑA. En 1925 España protagoniza el primer desembarco aeronaval de la Historia en la bahía de Alhucemas. La escuadra española conseguirá desembarcar a las tropas de infantería protegidas por los hidroaviones del primer DÉDALO. Todo un éxito cuyo resultado es el final de la guerra en Marruecos que se decide con la aplastante victoria conseguida. Nuevos planes de potenciación de nuestra Armada se van sucediendo para dotar a España de una armada comparable a la italiana con el proyecto de acorazados y cruceros de batalla e incluso de portaaviones. Mientras tanto, se crean las nuevas flotillas de modernos destructores y submarinos. Todo avanza a buen ritmo...

...Pero de nuevo soplan malos vientos. La situación política española se encamina hacia la tragedia. La monarquía, incapaz de dar soluciones a los problemas endémicos del país cae en 1931 y se proclama una República que pronto quedará en manos de los radicales, iniciando un giro marxista que pondrá al país contra las cuerdas. Y así, con España dividida en dos bandos irreconciliables "las izquierdas" y "las derechas", a cuál más radical e intransigente, se inicia en 1936 la Guerra Civil que durará hasta 1939, dejará casi medio millón de muertos y casi otro tanto de exiliados, el país completamente arruinado por la carnicería y la Armada destrozada, esa armada que tan trabajosamente se estaba reconstruyendo.

Desde el final de la II GM hasta principios de los años 50 gracias a la presión de la URSS, España será un país dado de lado por la comunidad internacional, a excepción de Argentina, la única nación que nos ayudó, pero la Guerra Fría convertirá a España en un país necesario para la estrategia norteamericana debido a nuestra privilegiada situación geográfica. Así, los que antes nos negaban el saludo ahora nos llamaban "amigos y aliados" y la Armada española, que en 1950 no tenía ni radares, se verá beneficiada por una serie de acuerdos por los que EEUU nos venderá a precio de oro unidades próximas al desguace y a las que a base de tesón e imaginación conseguiremos convertir en unidades altamente operativas, como por ejemplo el portaaviones ligero CABOT que se convertirá en nuestro segundo DÉDALO, el primer portaaeronaves desde el que operarán los aviones de despegue vertical Harrier, una idea que rápidamente copiarán británicos y norteamericanos... y es que a falta de recursos aquí sobraba inventiva e imaginación.

La recuperación económica de España en los últimos años ha propiciado que los nuevos programas navales devuelvan a España a las posiciones de cabeza de las marinas mundiales. En estos momentos, la Armada española está en el privilegiado y exclusivo grupo de las siete únicas armadas del mundo capaces de proyectar su poder aeronaval en cualquier parte del mundo, con un potencial basado en las nuevas escuadras de fragatas, corbetas y submarinos, y en nuestros puntales operativos: el Grupo Alfa, escuadra aeronaval compuesta por el portaaviones PRÍNCIPE DE ASTURIAS y su escolta de combate y el Grupo Delta, una escuadra anfibia cuya misión es la de desembarcar a las unidades de choque de infantería y vehículos de combate, proyectando en tierra el poder naval. La misión de nuestra Armada, encuadrada en las unidades operativas de la OTAN, es proteger nuestras aguas territoriales, nuestro comercio marino y, por encima de todo, nuestros territorios alejados de la Península que son los archipiélagos Balear y Canario y las ciudades de Ceuta y Melilla. Un reto para el que esta nueva Armada, moderna y poderosa, está capacitada.

Hombres nunca la faltaron. Los medios los tenemos ahora.

Por fin.

El resto de armadas pueden tener un gran número de unidades, pero se han quedado descolgadas de la gran revolución tecnológica. Hay marinas que alistan varios destructores, pero enfrentados a una fragata AEGIS serían hundidos por ésta sin que llegaran a conseguir ni siquiera detectarla.

De todas las marinas iberoamericanas tan sólo Brasil aparece entre las 20 primeras, y ello es por el gran esfuerzo económico que este país hace, un esfuerzo que es muy superior a sus capacidades reales, ya que Brasil no tiene enemigos potenciales. Fijémonos en ejemplos como Canadá o Australia, países que son enormemente superiores económicamente a Brasil, pero cuyas armadas son inferiores. Realmente, la capacidad de los países pobres para gastarse lo poco que tienen en armas es preocupantemente triste. ¿Realmente necesitan países pobres como India, Thailandia o Egipto estar en esta lista y gastarse en armamento fortunas que más valdría se invirtieran en otras necesidades más acuciantes?

Vemos que el primer bloque refleja perfectamente el poder económico de las potencias occidentales, a excepción de Alemania, la primera potencia económica de Europa y la tercera del mundo... cuya armada es la 9ª ¡porque realmente no necesitan más! y de la Federación Rusa, un país con gravísimos problemas económicos y que se empeña en gastarse lo que no tiene en una armada que se oxida en los puertos por falta de combustible.

Con el Excmo. Sr. D. RYSZARD SCHNEPF (Embajador de Polonia en España)




Las tribus de la cuenca del río Warta, en el burgo de Gniezno, que trabajaban la tierra (pole) gobernados por la dinastía de Piast, dieron nombre a Polonia.

En el siglo X, los polanos sometieron a los kuiavianos, los mazovianos, los ledzianos, los pomeranos, los vislanos y los silesianos. Mieszko I (960-992), duque de los Piast, unió las tribus afines fundando el primer Estado polaco.

Hasta el siglo XII fue una monarquía hereditaria, con un ejército profesional y numerosos campesinos pobres que pagaban tributo y se movilizaban si era necesario.

Ante la expansión del Imperio Germánico, Mieszko aceptó la subordinación, a cambio de un reconocimiento de su soberanía. Obtuvo, en compensación, la protección del papado y en el año 1000 fundó la primera metrópoli eclesiástica polaca.

Hasta el siglo XII, cuando comenzó el desmembramiento del Estado polaco, la Iglesia Católica Romana fue parte fundamental de él.

En la época feudal, Polonia se subdividió en varios ducados –dirigidos por los Piast– y unos 20 señoríos que fueron aumentando su autonomía junto al poder de la Iglesia. Fue además un período de crecimiento demográfico.

La afluencia de colonos alemanes cambió la situación étnica en el país, hasta entonces dominado por eslavos. A partir del siglo XIII, la población de las ciudades estaba constituida cada vez más por alemanes y judíos que trajeron sus modelos jurídicos, capitales y técnicas artesanales y agrícolas.

Bajo el reinado de Casimiro el Grande (1333-1370), Polonia se convirtió en una monarquía estamentaria, con el rey como árbitro entre la nobleza, el clero, la burguesía y los campesinos. Desde 1399 se estableció la electividad del rey.

Por un casamiento real, en 1386, Polonia se unió con Lituania, aunque se respetaron las diferencias de ambos estados. En 1409, la guerra contra la Orden Teutónica, a la que derrotó en Grunwald, afianzó su poderío a la vez que dejó muy debilitados a los teutones luego de la paz de Torun, en 1411.

Tras nuevas victorias sobre los teutónicos, Polonia recuperó, en 1466, la Pomerania de Gdansk y Malbork, Elblag, la Tierra de Chelmo y obtuvo además el territorio de Warmia. Por el papel desempeñado en la guerra, Polonia cedió la autonomía a Pomerania y algunos privilegios a las ciudades. Se inició un período de prosperidad económica y florecimiento cultural.

En el siglo XV fue creada la Dieta General de Polonia y Lituania, con dos cámaras: la de diputados, integrada por representantes de la nobleza; y el senado, el consejo real, presidido por el rey. Los dos estados, la dieta y la política exterior quedaron unidas por el rey, mientras la administración, la justicia, las finanzas y el ejército permanecían separados.

En la historia polaca el Siglo XVI o de Oro se conoció a Polonia como como la República de la Nobleza, pues el rey debía consultar a los nobles para fijar impuestos y declarar la guerra. Se redujeron los derechos de la burguesía y el campesinado en favor de la nobleza y el clero.

En 1573, al fin de la dinastía de Jagellón, la Dieta aprobó la elección libre del rey e implantó la tolerancia religiosa, mientras Europa era sacudida por guerras de religión. El rey Esteban Báthory (1576-1586) renunció al arbitraje y la nobleza comenzó a elegir sus tribunales.

Durante el siglo XVII, mientras Suecia disputaba con Polonia el dominio del Báltico y Rusia entraba en conflicto con Lituania, se hacían sentir las pretensiones de Turquía y Austria en Europa central.

En el bajo Dniéper (Dnepr), en la frontera de Ucrania, los campesinos libres y los nobles empobrecidos crearon el cuerpo de los cosacos, guerreros que vivían del pillaje y que en 1648 desataron una rebelión nacional. El rey intentó sin éxito un acuerdo con los rebeldes, cuyos triunfos debilitaron la república.

Los cosacos se aliaron con Turquía y Rusia. En 1654, las tropas rusas entraron en territorio polaco. Suecia invadió el resto del país al año siguiente. El rey Juan Casimiro huyó hacia Silesia, Polonia recibió ayuda de Austria, mientras los campesinos organizaron una resistencia armada.

Suecos y turcos fueron expulsados del país y los cosacos derrotados. Rusia retuvo Smolensk, Ucrania, la margen izquierda del Dniéper y Kiev. Las guerras devastaron el territorio, redujeron la población y desmembraron la república.

Rusia, Prusia y Austria se repartieron el territorio en 1772. Luego, en 1793, una nueva invasión rusa anuló la Constitución de 1791 y abortó el intento de reorganización del Estado.

Luego de la derrota de la insurrección patriótica de 1794 se produjo el tercer reparto de Polonia. El estado polaco desapareció del mapa al tiempo que el pueblo consolidaba su identidad nacional.

Durante el siglo XIX hubo varios intentos libertarios. La conciencia nacional y el catolicismo, también perseguido, se fortalecieron. Surgieron nuevos partidos (campesino, obrero y nacional) y la resistencia se expresó a través de la cultura.

La Revolución Rusa de 1917 volcó el apoyo de las potencias occidentales a Polonia. En 1918, un gobierno provisional encabezado por Jozef Pilsudski implantó la jornada laboral de ocho horas y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Había surgido una conciencia nacional ucraniana, lituana y belarusa. La constitución de una federación fracasó ante la contraofensiva soviética. La Paz de Riga, firmada en 1921, otorgó la independencia a los estados bálticos y fijó el límite oriental de Polonia en el Zbrucz.

La Constitución de 1921 adoptó el sistema parlamentario.

La inestable situación socio-económica benefició al Partido Comunista, ilegalizado en 1923. El principal jefe militar, Jozef Pilsudski, dio un golpe de Estado en 1926; los dos años de prosperidad siguientes terminaron con la crisis de 1929.

El creciente poder de Alemania y la URSS amenazaba Polonia, mientras Inglaterra y Francia le daban sólo un apoyo formal. El 1º de setiembre de 1939 la invasión alemana dio comienzo a la Segunda Guerra Mundial.

En las zonas ocupadas murieron millones de polacos, sobre todo judíos, en los campos de concentración nazis, pero también por el hambre y las ejecuciones.

El gobierno polaco en el exilio dirigió la resistencia. Un contingente militar actuó del lado occidental, mientras el Ejército del Interior organizaba acciones subversivas. Después de la invasión, la URSS aceptó la creación de un ejército polaco en su territorio.

La contraofensiva soviética modificó las relaciones bilaterales. El gobierno en el exilio solicitó una investigación sobre la matanza de oficiales polacos; la URSS rompió relaciones diplomáticas y ocupó militarmente el territorio.

Tras la derrota alemana, las potencias aliadas acordaron en Yalta la formación del Gobierno Provisional Polaco de Unidad Nacional, con representantes de grupos prosoviéticos y del exilio, que debía convocar a elecciones. El gobierno estaba dominado por el Partido Obrero Polaco (POP).

En 1945, el gobierno provisional y la URSS firmaron un acuerdo sobre la frontera oriental de Polonia, a lo largo de la línea Curzon. Los Aliados fijaron la frontera occidental, en la línea del Oder (Odra) y del Neisse (Nysa Luzycka).

El Partido Obrero Polaco (POP) y el Partido Socialista Polaco (PSP) formaron el Partido Obrero Unificado Polaco (POUP). El Partido Campesino Polaco se desintegró y se postergaron las elecciones.

El POUP gobernó el país según el modelo aplicado por el Partido Comunista en la URSS. La industria y el comercio fueron nacionalizados, el Estado construyó grandes fundiciones de acero y metalúrgicas y forzó la colectivización en el campo. Las mujeres fueron incorporadas al mercado de trabajo.

La crisis del PCUS, luego de las denuncias contra Josef Stalin en el XX Congreso de 1956, repercutió en el POUP. En noviembre de ese año, Wladyslaw Gomulka fue elegido primer secretario del partido y prometió seguir el «camino polaco al socialismo». Al liberar al cardenal Stefan Wyszynski –cabeza de la Iglesia Católica– captó la expectativa popular.

En 1970, la República Federal Alemana reconoció la frontera polaca derivada de la guerra, como lo había hecho la República Democrática Alemana en 1950.

En 1970, durante unas manifestaciones por el aumento de precios, el gobierno ordenó disparar contra las obreros y se generó una crisis en el POUP. Gomulka fue sustituido por Edward Gierek, pero el régimen tuvo nuevas crisis por la corrupción y las luchas internas del POUP.

En 1976 hubo nuevas huelgas, reprimidas sin armas de fuego, pero con severas penas de prisión. El Papa Juan Pablo II, visitó su tierra natal en 1979, y fue recibido con manifestaciones multitudinarias.

El paro del Astillero Lenin, en Gdansk, en agosto de 1980, dirigido por Lech Walesa, se convirtió en huelga general y el gobierno tuvo que negociar y reconocer, dos meses después, al sindicato Solidaridad, con 10 millones de afiliados. Luego se creó Solidaridad Rural, en representación de tres millones de campesinos.

El POUP designó al general Wojciech Jaruzelski, entonces primer ministro, como primer secretario del partido. En diciembre de 1981, se declaró el estado de guerra, Solidaridad fue ilegalizado y sus dirigentes pasaron a la clandestinidad.

La ley marcial fue levantada en 1983, pero se modificó la Constitución para incluir el estado de emergencia. Con la mediación de la Iglesia Católica, gobierno y representantes de Solidaridad volvieron a negociar en 1989, cuando en la URSS se iniciaba la perestroika.

En las elecciones de junio de ese año, el POUP obtuvo sólo el número de representantes negociado con la oposición y Mazowiecki, miembro moderado de Solidaridad, asumió como presidente del primer gobierno no comunista del bloque socialista europeo.

Polonia restableció relaciones diplomáticas con el Vaticano y con Israel. Estados Unidos y Alemania Federal le prometieron ayuda financiera. La reunificación alemana generó inquietud, pero en las negociaciones fue ratificada la frontera polaca de posguerra.

En diciembre de 1989, la Asamblea Nacional aprobó recuperar el nombre de República de Polonia. En enero de 1990, el POUP fue disuelto y nacieron la Socialdemocracia de la República de Polonia (SDRP) y la Unión Socialdemócrata Polaca (PUSD).

En enero de 1990, Polonia inició un programa de ajuste económico acordado con el FMI, solicitó la incorporación al Consejo de Europa y entabló relaciones con la CEE. El ingreso a la OTAN fue supeditado al resultado de las reformas económicas y la reconversión armamentista.

En mayo de 1990 estalló en Gdansk la primera huelga contra el gobierno. Walesa acusó a Mazowiecki de olvidar su origen obrero. Solidaridad se subdividió en varios partidos políticos.

En diciembre de 1990, en las primeras elecciones presidenciales directas, ganó Lech Walesa con el 75% de los votos. En agosto de 1991, el nuevo primer ministro, Jan Krzysztof Bielecki, renunció, poniendo en crisis la precaria transición política. El ex Partido Comunista y el pequeño partido de los campesinos querían aceptar la renuncia, pero Walesa respaldó al primer ministro e insistió con su pedido de poderes especiales, bajo la amenaza de disolver la Dieta.

El 7 de diciembre de 1991 Jan Olszewski fue nombrado primer ministro. El gabinete no fue aprobado en la Dieta hasta el 23 de diciembre por un estrechísimo margen de 17 votos.

Desde noviembre de 1991 Polonia se constituyó en el vigésimo sexto país miembro del Consejo de Europa, organización euro-occidental integrada además por Turquía, Checoslovaquia y Hungría.

El parlamento destituyó, a pedido de Walesa, a Olszewski a mediados de junio y designó a Hanna Suchocka, de la Unión Democrática (UD), como primera ministra, con el apoyo de una coalición de siete partidos.

Suchocka aplicó un estricto control monetario e impulsó la ley de privatizaciones de agosto de 1992. Walesa, presionado por la Iglesia, revocó en febrero de 1993 la ley que consagraba el derecho al aborto. La aprobación de la moción de censura contra el gobierno reclamada por Solidaridad precipitó la convocatoria a elecciones legislativas anticipadas.

Los comicios de setiembre marcaron el regreso al poder de los sectores políticos que apoyaron al régimen comunista, la Coalición de la Alianza Democrática de Izquierda (SLD) y la Unión de Trabajo (UP) y el Partido Campesino de Polonia (PSL, Polskie Stronnictwo Ludowe), que obtuvieron 73 de las 100 bancas. Walesa designó primer ministro al líder del PSL, Waldemar Pawlack.

Durante 1994, en medio de conflictos con el parlamento, Walesa aplacó la política de reformas y liberalización económica para disminuir su impacto social.

La vuelta al poder de los ex comunistas se completó en noviembre de 1995, cuando Aleksander Kwasniewski ganó en segunda vuelta los comicios presidenciales, con el 52% de los votos.

Jósef Olesky sucedió a Pawlak como primer ministro pero, en enero de 1996, debió renunciar cuando el ministro del Interior lo acusó de haber sido informante de la KGB soviética, y fue sustituido por Wlodzimierz Cimoszewicz.

Fracciones de derecha de distintos partidos formaron una coalición liderada por Marian Krzaklewski, denominada Acción Electoral Solidaridad (AWS).

En las elecciones parlamentarias de 1997, la AWS venció a la gobernante SLD y Jerzy Buzek fue nombrado primer ministro.

La incorporación a la OTAN fue votada en febrero de 1999 por una mayoría parlamentaria de 409 votos contra 7. Las reformas para preparar el ingreso del país a la Unión Europea (UE) dejaron a miles de trabajadores desempleados. En setiembre de 1999, más de 30 mil granjeros y trabajadores realizaron una marcha de protesta en Varsovia, solicitando elecciones adelantadas.

Kwasniewski, líder ahora de la SLD en la que se agruparon los ex comunistas, se convirtió en octubre de 2000 en el primer presidente reelecto desde la transición hacia la democracia, con casi 54% de los votos. El principal opositor, Adrei Olechowski, consiguió apenas 17,3%. Sin alcanzar el 1%, Walesa se retiró de la política.

La más baja votación en la breve historia democrática del país se registró un año más tarde en las parlamentarias, en las que sufragó apenas el 41% del electorado. Numerosos escándalos de corrupción durante la administración de Solidaridad y el mal estado de la economía hicieron crecer a los radicales anti-europeos y a los ultracatólicos.

Una coalición formada por la SLD y el Partido Campesino (PSL), que obtuvo el 9% de los votos, nombró a Leszek Miller primer ministro en octubre de 2001. En diciembre, la cumbre de la UE incluyó a Polonia en la lista de 10 países que ingresarían al bloque en enero de 2004.

Al revelarse que los ciudadanos de los miembros nuevos de la UE deberían esperar hasta siete años para poder trabajar en otros países del bloque –temerosos de un influjo masivo de mano de obra barata– el escepticismo respecto a la integración se incrementó. En las zonas rurales se temía una «invasión» de ciudadanos de otros países europeos, particularmente de Alemania, deseosos de comprar tierras a bajo precio. En abril de 2002 Polonia logró acordar en Bruselas que los extranjeros no pudieran comprar tierra polaca por un período de 12 años, subsiguiente al ingreso del país a la UE.

En marzo de 2003 Miller expulsó de la coalición de gobierno al PSL, por no apoyar el proyecto de reforma impositiva que había impulsado.

En un referéndum realizado en junio de 2003 los polacos votaron a favor de su incorporación a la UE.

Polonia, el único país de Europa continental que apoyó con tropas la invasión estadounidense a Irak, comandó a inicios de 2004 una de las cuatro zonas de reconstrucción en las que fue dividido el país.

El 1º de mayo de 2004, Polonia y otros nueve países ingresaron como miembros plenos a la UE, que pasó a tener 25 integrantes. Ese mismo mes renunció el primer ministro Miller y fue sucedido por Marek Belka (ex ministro de Finanzas).

En enero de 2005 numerosos líderes mundiales se reunieron en el sitio de lo que fuera el campo de exterminio nazi de Auschwitz, al cumplirse 60 años de la liberación del campo.

Con la promesa de recortar impuestos, proteger los derechos de los trabajadores y liderar una «renovación moral», el alcalde de Varsovia, Lech Kaczynski, del conservador partido Ley y Justicia, ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en octubre de 2005 con 54.04% de los votos, superando a Donald Tusk, del partido liberal Plataforma Cívica. Al no lograr un acuerdo con los liberales, los conservadores formaron en noviembre un gobierno minoritario, con Kazimierz Marcinkiewicz como primer ministro.

En diciembre, Kwasniewski desmintió denuncias de prensa según las cuales la CIA mantenía en Polonia prisiones secretas para sospechosos de terrorismo. Ese mes, Kaczynsky asumió la presidencia y, poco después, anunció que prolongaría la presencia de tropas polacas en Irak hasta fines de 2006, pero reduciría su número –de 1.450 a 900– a lo largo del año.

En marzo, el ex líder comunista Wojciech Jaruzelski, de 82 años, fue inculpado judicialmente por haber instaurado en 1981 la ley marcial contra el sindicato Solidaridad.

En mayo, la Liga de Familias Polacas (LPR), una formación anti europea, nacionalista y ultra católica y el partido Samoobrona (populista anti liberal) se sumaron al gobierno, que adquirió así mayoría parlamentaria.

El primer ministro, Jaroslaw Kaczynski, hermano mellizo del presidente, destituyó en agosto de 2007 al ministro de Interior, Janusz Kaczmarek, por sospechar que éste había filtrado información clasificada sobre un presunto caso de corrupción y soborno en el seno del ministerio de Agricultura. Desde que el partido Ley y Justicia asumió al poder, Polonia había tenido dos primeros ministros, cinco ministros de Finanzas, dos de Asuntos Exteriores, dos de Hacienda, dos de Defensa y ahora tres del Interior.

Con LUIS FERNANDEZ ROCES (escritor) España



Cuando los más sesudos críticos literarios de este país comenzaban a celebrar la llegada de la escritura latinoamericana representada especialmente por los “Cien años de soledad” del colombiano García Márquez; “Conversaciones en la catedral”, del peruano Vargas Llosa o “Tres tristes tigres” del recientemente desaparecido autor cubano Cabrera Infante, había ya aquí, en Asturias, trabajando a destajo y en silencio, un escritor a quien esos mismos críticos no dudaban, posteriormente, en encontrar muchas similitudes a los protagonistas del que dio en llamarse el “boom” de la América Latina.
Es posible que esos críticos estuviesen acertados al establecer líneas paralelas entre los autores hispanoamericanos y la obra que iba publicando Luis Fernández Roces, a quien el Ateneo Jovellanos rinde justo y merecido homenaje. No obstatne, es preciso dejar muy claro que nuestro escritor, que un día decidió dejar su Carbayín natal para venirse a Gijón, tiene, posiblemente, el estilo más personal de cuantos escritores españoles han sido revelación en las últimas décadas.
Pero vayamos primero a trazar una breve semblanza de la trayectoria literaria de Luis Fernández Roces, que comenzó escribiendo desde su pueblo para la prensa diaria en calidad de corresponsal y, por tanto, abordando desde la descripción de un accidente minero hasta la crónica de un partido de fútbol modesto. Ya en Gijón Luis comenzó, como otros muchos, escribiendo narraciones cortas, cultivando ese arte que algunos llaman menor, pero que algunos estudiosos señalan como el más difícil de los campos literarios.
Cuando, allá por el año 1969, nuestro homenajeado fue galardonado con el premio Hucha de Oro con su cuento ”La sonrisa que te llegaba”, el redactor de un periódico local ya desaparecido, contaba que no pudo, al leer en el teletipo la noticia, comunicarse con Luis, que estaba en su turno nocturno de Ayudante Técnico Sanitario, en la que por entonces se conocía como Uninsa. Ese redactor, amigo personal de Luis, fue a la fábrica de Veriña a las doce de la noche a darle la noticia y se encontró con que Fernández Roces ni siquiera quería contestar a un par de preguntas para el periódico porque él, aunque estaba muy satisfecho por la noticia, estimaba que no se merecía salir en la prensa. Ese es el auténtico Luis Fernández Roces, un escritor sencillo, que disfruta paseando por la calle y saludando a sus muchos amigos, que cultiva la amistad como un tesoro, al que, en definitiva, no se le han subido a la cabeza los numerosos premios alcanzados, tanto en cuento como en novela.
Cuando Luis acudió, fechas después de aquella noche en Uninsa, a recoger el máximo galardón de la literatura española en la modalidad de cuento al salón de actos de la Caja de Ahorros de Asturias en Gijón, con autoridades, invitados, periodistas y amigos abarrotando el local, después de los discursos de rigor de los representantes de la entidad organizadora, todos esperaban una también brillante disertación de Luis que se limitó a decir: “Señores, muchas gracias a todos por su presencia, me siento muy satisfecho por el premio que se me acaba de entregar. Muchas gracias”. Cuatro segundos. Exactamente cuatro segundos. Y se bajó con toda prontitud del estrado. Luis parecía pedir perdón por haber ganado. Pero no era una falsa modestia. Es que Luis Fernández Roces es así. Escribe como el maestro artesano, modelando, ajustando el lenguaje a sus ideas, tamizando lo que ve y observa, para transformarlo en auténtica su esencia literaria, para dejarlo todo grabado, a golpe de cincel, en el papel blanco.
Aquel mismo año Luis ganó también el premio de novela corta Ateneo de Valladolid con su novela “Ven y arrójate al mar”. Y unos años después conseguía el Ignacio Aldecoa por “Una voz callada en el silencio”. También le fue adjudicado el premio de cuento con más raigambre y solera de cuantos se convocan en Asturias: el de La Felguera, en 1974 con la obra “Sobre este cadáver de ceniza”. Por dos veces se alzó con el Premio Lena y también ganó el de Villajoyosa. En el año 1975 le fue adjudicado el premio de Novela de Torrelavega con “La arena de los ciclos”, obra que está aun inédita. Con “La Borrachera” alcanzó el Premio Asturias y en 1977 le ha sido otorgado el Premio Novelas y Cuentos con “El buscador”.
No hace mucho tiempo aún, Luis Fernández Roces nos deleitaba a los gijoneses amigos de la poesía con una lectura de una antología de su obra poética en el salón del Antiguo Instituto Jovellanos, en las veladas poéticas organizadas por el también poeta, Antonio Merayo, y allí hemos podido constatar, una vez más, que Luis es un autor que domina con la misma perfección la novela que la poesía. Pero donde más a gusto se siente y donde más dimensión y profundidad alcanza este gijonés de adopción es en las distancias cortas, es decir, en el cuento, del que es un auténtico maestro, reconocido por los jurados de la más variada índole.
Sin embargo a Luis Fernández Roces le ha faltado, quizá porque no es amigo de las relaciones públicas ni de pulular por los mercados y zocos editoriales, algo que hubiese sido fundamental para codearse desde hace mucho tiempo con lo más florido de la literatura española. Y ese algo es, sin duda, respaldo editorial. Pero de eso ya habló Luis en su día, y además públicamente, dejando claro que no le da la más mínima importancia al hecho –que para otros seria un drama- de que los editores no se lo estén disputando o metiéndole en sus nóminas. Luis es un escritor al que le basta eso, ser escritor. Y gran narrador que nos lleva a mundos, ya mágicos ya realistas, pero siempre con voz propia y con auténtica maestría.
Luis Fernández Roces (Pumarabule, 1935) es autor de las novelas El Buscador (Premio Novelas y Cuentos, 1977), La Borrachera (Premio Asturias, 1982), Diálogo del éxodo (Premio Casino de Mieres, 1986), El paraje escondido (Premio Alfonso García Ramos, del Cabildo Insular de Tenerife, 1988), La arena de los ciclos (Premio Torrelavega, inédita), y de los libros de narrativa breve De algún cuento a esta parte (Biblioteca Cajastur, 1990) y Ageón (Ediciones Trea, 2001). Estas dos últimas publicaciones recogen obras que obtuvieron premios tan relevantes como los siguientes: Hucha de Oro, Ciaño, Lena, Ciudad de Villajoyosa, Ignacio Aldecoa, La Felguera, Caja de Ahorros de León y Sara Navarro. Algunos de sus cuentos han sido recogidos en Pequeña antología de cuentistas contemporáneos (Universidad del Valle, Colombia 1975), Cuentos de autores asturianos, de María Elvira Muñiz (Ayalga, 1978), Antología de cuentistas contemporáneos, de Francisco García Pavón (Editorial Gredos, 1984) y Cuento español de posguerra, de Medardo Fraile (Cátedra, 1994). La editorial Trea publicará en breve su poemario Viejos Materiales

Con EDUARDO MATIAS DIAZ PEREIRA (Consul de Portugal)


Es licenciado en Derecho por la Universidad de Coimbra. Fue Cónsul General de Portugal en Johannesburgo; Director General de Bancos Borges en África Austral; Delegado de Gobierno Portugués para la Emigración en Australia, en Estados Unidos y en Madrid y desde 1990 es cónsul para el área de León, Palencia y Asturias.
Laureado por la Secretaría de Estado del Ejército Mayor de Portugal y por el Ministerio del Ejército; Medalla al Mérito Militar; Medalla al Valor Militar; Cruz de Mérito Militar del Ministerio del Ejército; Medalla de Mérito de la Santa Casa de la Misericordia de Lisboa; laureado por la Secretaría de Estado de las Comunidades Portuguesas; Medalla de Honor de la ciudad de Camaberra, Australia; Medalla de Honor del Estado de Nueva York; Orden Soberana y Militar de Malta: laureado por la Secretaría de Mulher del emigrante y por la orden de Yuste de España.

Con Carmen Veiga (Directora gerente del teatro Jovellanos)


Teatro Jovellanos
Historia


INTRODUCCIÓN
El emblemático Teatro Jovellanos de Gijón, inaugurado hace casi veinte lustros, allá por el mes de Julio de 1899, con el nombre de teatro Dindurra, se empezó a construir como consecuencia de las demandas propias de una villa en evolución, y siguiendo los trazados oportunos de un eminente arquitecto en aquel tiempo, Mariano Marín.

El estudio arquitectónico del Teatro, levantado por iniciativa del empresario Manuel Sánchez Dindurra, puede leerse en un informe fechado en aquella época: "es de un renacimiento con elementos italianos y españoles a alguna solución de la escuela belga, tratando sólo de producir un agradable efecto de vista".

El Teatro Dindurra, así, mirando a las frondosidades del parque de Begoña, en el Paseo de Alfonso XII, ocupando la parte central de un suntuoso edificio sito entre las calles de la Magdalena (en la actualidad Casimiro Velasco) y de Covadonga, habría de ser, inclusio hallándose aún en formación, objeto de multitud de juicios elogiosos por su hechura, pensada para admitir unos 1300 espectadores.

La villa de Jovellanos, por lo tanto, a partir del verano de 1899, coincidiendo con los fastos de la Exposición Regional establecida en el lugar denominado Campos Elíseos, habría de acabar luciendo un teatro nuevo, de estilo ecléctico, magnífico y digno en resumidas cuentas de su importancia.
PRIMEROS ARTISTAS EN EL TEATRO DINDURRA

El activo propietario Manuel Sánchez Dindurra, sin reparar en gastos y con el propósito de conseguir que el nuevo coliseo de Begoña fuera magnífico, "uno de los teatros más amplios, más cómodos y elegantes", no había dudado en contratar al prestigioso arquitecto Mariano Marín, al reputado escenógrafo Amalio Fernández (quien culminaría sus días en Hollywood) y, a la Compañía Giovannini. Lo que equivale a decir ópera, opereta y zarzuela.

Y ello para que, a partir del mes de Julio de 1899, al flamante Teatro Dindurra pudiera ofrecer a gijoneses y forasteros un servicio de espectáculos variados de calidad, a veces incluso con artistas locales como los cantantes Paco Meana y Luis Llaneza, o los malogrados actores Manolín Muñiz y Jesús Panadero, quienes en palabras de Pachín de Melás "en plena juventud pasarían a la otra vida".

Alfa y omega, por lo tanto, de la suerte vital en las tablas, junto a nombres ya consagrados entonces en los ámbitos internacionales, con la categoría del transformista italiano Leopoldo Frégoli, un histrión asombroso, con mutaciones rapidísimas en los tiempos a representar, el cual acabaría pasando en olor de multitudes por el Teatro Dindurra en junio de 1905.
ÚLTIMOS ESPLENDORES EN EL TEATRO DINDURRA

La fecha del estreno, con éxito grande, de "La Promesa", una zarzuela o "glosa lírica de costumbres asturianas", de vida al insigne folklorista ovetense Eduardo Martínez Torner, apoyándose en textos oportunos de Alfredo de la Escosura y Fernando Dicenta es la del 31 de Diciembre de 1928, lunes. Acontecimiento ese, por supuesto, nada nuevo en las intenciones del heroico Martínez Torner, sobre todo, si se tiene en cuenta sus claras advertencias, pronunciadas en el Teatro Dindurra ya en 1915, precisamente: "Todos recordareis los fracasos de nuestros compositores, cuando hace pocos años quisieron crear la ópera nacional", se lamentaba a la sazón. "El pueblo no comprendió la labor de estos hombres y no podía comprenderla: se quería hacer ópera nacional con música exótica y libretos faltos de interés y emoción.

Mirad los pueblos que tienen un arte musical propio... España tiene primero que conocer su música popular, leyendas, costumbres y luego trabajar con estos conocimientos. Mientras no se haga esto serán inútiles todos los esfuerzos que se realicen...".

Por ello, en ese afán, los espectadores de la villa de Jovellanos habrían de contemplar en el Teatro Dindurra, en años sucesivos y con semejante línea de referencia, diversas obras memorables: "Amores de Aldea", estampa asturiana, con letra del primer intérprete y director Felipe Villa y música del maestro Sergio Domingo, presentada allí por la Compañía Teatro Asturiano, el 8 de Mayo de 1934, martes; "Al Sonar de la Salguera", retazo de la aldea asturiana, en un acto, original de "Pachín de Melás" con canciones del compositor Amalio López y dada a conocer, al efecto, el 9 de Abril de 1935...

Tiempos aquellos, en verdad, para el despunte de artistas en la escena como el tragicómico (verbi gratia, "El Milanu", de "Adeflor", con decorado del dibujante Manuel Rodríguez Lana, "Marola", el 18 de Diciembre de 1935, miércoles) José Manuel Rodríguez, junto a los esforzados Felipe Villa, Rosario Trabanco, Balbina Barrera, Aurora Sánchez, los barítonos Leopoldo Vigil, Antonio Medio, la tiple Araceli Villa, el recitador Joaquín Sánchez, el entonces apóstol del flamenquismo José González "El Presi", el tenor José Martínez, el violinista gijonés Jesús Fernández Lorenzo, etc...

Últimos esplendores, con reformas incluidas (por ejemplo de febrero de 1933 data el proyecto de Cabina Fuera de Sala, firmado por los arquitectos Manuel del Busto Delgado y Juan Manuel del Busto González) el Teatro Dindurra, proyectándose allí, en aquellas campañas postreras de la II República películas sonoras y populares, con la categoría de "La Hija de Juan Simón", con el alegre Angelillo y la dolorida Pilar Muñoz de protagonistas de la misma, en 1935.

Después, el estallido de la guerra civil, en 1936, provocará la incautación del Teatro Dindurra por el denominado Control de Espectáculos Públicos, convirtiéndose, inevitablemente, la polémica comedia social "Nuestra Natacha", del autor cangués, de Besullo, Alejandro Rodríguez Alvarez, "Alejandro Casona", en todo un símbolo en aquella época.

El Teatro Dindurra, así las cosas, habría de continuar funcionando, con actividades, hasta el 14 de Octubre de 1937, jueves, cuando, a consecuencia de un bombardeo aéreo, quedará reducido a escombros. Teatro Dindurra, 1899-1937, en definitiva. Laus Deo.
UN NUEVO COLISEO PARA BEGOÑA

Tras la desaparición del Frente Norte, el día 21 de Octubre de 1937, se esperaba, aún corriendo malos tiempos, la reconstrucción del añejo coliseo del Parque de Begoña, el cual, habría de pasar a llamarse, Teatro Jovellanos.

Y es que cabe de recordar aquí que el antiguo Teatro Jovellanos, de propiedad municipal, inaugurado en Febrero de 1853 y sito en la calle del mismo nombre, precisamente, una vez adquirido en 1934 por el Banco de España en 600.000 pesetas, había sido derribado, por desgracia, de inmediato.

De modo que, firmado principalmente por el arquitecto José María Mendoza y Ussía, en 1938, introduciendo modificaciones diversas en consonancia con la época acontecida, habría de tratar de devolver ciertos esplendores de antaño al coliseo de Begoña.
EL TEATRO JOVELLANOS, A LA BÚSQUEDA DEL TIEMPO PERDIDO

Una nueva época se iniciaba, por lo tanto, para el renacido coliseo del Parque de Begoña, constituyendo su punto de partida, además, de manera brillante, al igual que sucediera cuando la inauguración del Teatro Dindurra, en 1899, unas sesiones de ópera, el 7 de agosto de 1942. El flamante Teatro Jovellanos apostaría así, por el arte escénico, siguiendo las pautas marcadas en el antiguo teatro del Paseo de Alfonso XII, cuyo propietario, Manuel Sánchez Dindurra, había fallecido ya en tiempos de la II República.

De modo que, teniendo en cuenta esplendores periclitados de antaño, por el moderno Teatro Jovellanos habrían de pasar compañías de primera línea, como la encabezada por los veteranos Valeriano León y Aurora Redondo, o la de la actriz madrileña Ana Mariscal, toda una revelación en aquellos años cuarenta. "Pachín de Melás", por su lado, continuaba siendo, aunque ahora por desgracia, a título póstumo, una presencia constante en el coliseo de Begoña y ello, claro está, junto a otros autores locales de estreno más reciente.

"Pachín de Melás", por ejemplo, el 11 de Septiembre de 1949, domingo, recibiría en el Gran Teatro Jovellanos, con una "sala refrigerada", a causa de la canícula, un homenaje muy sentido, al representar la Compañía Arte Asturiano del barítono gijonés de la voz de hierro Antonio Medio, la comedia sentimental de ambiente asturiano "Noche de Luna" y la zarzuela asturiana en bable "La Sosiega", actuando, a la sazón, triunfalmente, allí Araceli Fernández, Aurora Sánchez, Pilar Bejarano, José Morán, Manuel Codeso, Yudita de la Viña, Felipe Villa, Jaime García, Macario Villa y José González, "El Presi", amén del Coro Ecos de Asturias, Los Mariñanes, el Cuarteto Asturiano y el Mencionado Antonio Medio.

Momento también para el aplauso a la obra, verbigracia, "Nieve en el Puerto", de Eladio Verde, un comediógrafo de éxito consolidado en el decenio de 1940. Época esta con apariencia de grandiosa fiesta asturiana.